Comisión de Equidad y Género de la Cámara de Diputados
LIX Legislatura.
Palacio Legislativo
México D.F., Jueves 8 de diciembre, 2005.
Sara Beatriz Guardia
Ante todo deseo expresar mi agradecimiento a la Diputada Diva Haramira Gastelúm, Presidenta de la Comisión de Equidad y Género de la Cámara de Diputados, por recibirnos en este histórico recinto. A la Dra. Lilia Granillo Vásquez que ha hecho posible la presentación del libro Escritura de la Historia de las Mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, publicado por el Centro de Estudios la Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL, en coedición con la Universidad de San Martín de Porres, de Lima, Perú; el Centro de Estudios Latino Americanos de la Universidad Fernando Pessoa, de Oporto, Portugal; y el Foro de Estudios Culturales de Latinoamérica de Viena.
Mi agradecimiento a la Dra. Blanca López de Mariscal del Departamento de Estudios Humanísticos, Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, a quien tuve el agrado de recibir en Lima con ocasión de la celebración del Segundo Simposio Internacional La Mujer en la Historia de América Latina. Mi agradecimiento al Dr. Adrián de Garay, Rector de la Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco. Mi agradecimiento al reconocido escritor, Hernán Lara Zavala, Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma Metropolitana, por brindarnos su apoyo.
Escritura de la Historia de las Mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, es producto de un trabajo colectivo que iniciamos en enero del 2001 a través de una convocatoria impulsada por el Centro de Estudios la Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL, con la finalidad de conformar una Red de Investigaciones a fin de ampliar la participación en la investigación y estudios de los temas debatidos en dos simposios realizados en 1997 y el 2000; esto es: la mujer en las sociedades prehispánicas; la mujer en la visión de los cronistas; la conquista; familia, religión y educación durante la colonia; cambios en el imaginario femenino en el siglo XIX; escenarios del feminismo; política, ciudadanía y derechos de las mujeres; escritura femenina siglos XIX-XX; y la mujer en el discurso histórico y social del siglo XX.
El desarrollo de un campo de estudio de la historia de las mujeres en América Latina contribuye a que las mujeres conquisten su derecho a una historia de la que han dejado de ser sólo víctimas para convertirse en protagonistas. Porque es en el ejercicio de comprender, asumir y escribir la historia que las mujeres construimos nuestra propia identidad, y coadyuvamos a la construcción de nuestros países y de nuestra cultura. Pero este ferviente afán no significa solo asomarse al pasado desde los libros y desde la investigación académica, también significa buscar en los manuscritos olvidados, en los símbolos y en los sueños, ese vago rumor sagrado de la vida.
La historia es el registro y la interpretación de los distintos procesos y experiencias que ha vivido la humanidad a través de los siglos. Pero la historia es también la visión, pensamientos y manifestaciones de los hombres que la han escrito con una tendencia prevaleciente de restarle importancia a la esfera privada y al ámbito doméstico. Todo lo cual descalifica como sujeto histórico a las mujeres que han actuado principalmente en ese espacio. Además, no solo borraron a la mujer y al ámbito doméstico, también ignoraron su presencia en la esfera social, cultural, económica y política. Por lo que podríamos deducir que las mujeres han estado ausentes de todos los procesos históricos de nuestros países. Entonces, cabría preguntarse ¿de qué manera existimos, o cómo nos ha permitido existir la historia tradicional?
Al analizar los distintos procesos que ha seguido la evolución de la sociedad, resulta claro que las mujeres siempre han sido descritas o relatadas en formar parcial. Su registro generalmente proviene de un intermediario, y si éste ha sido directo ha dependido en gran medida de su acceso a la escritura. No olvidemos que recién a finales del siglo XIX se le permitió incorporarse al sistema educativo, y que generalmente los índices de analfabetismo son mucho mayores en la población femenina. Por ello, son necesarias sus voces en la construcción de una historia que borre el supuesto que las actividades que cumplieron las mujeres, han sido marginales y no tuvieron importancia histórica. Una historia con nuevos modelos teóricos y metodologías que coadyuven a la elaboración de una historia integral.
El punto de partida de la visibilidad de las mujeres se inició en el siglo XIX a través de un proceso de separación y relación entre el espacio público y privado, puesto que una historia que enfoca solo la esfera pública como el espacio de las relaciones de poder político y económico, significa una mirada de los hombres hacia los hombres, una forma de conocimiento a partir de la percepción masculina. Lo que plantea la necesidad de conocer ese otro lado de la historia, ese conocimiento surgido desde la otra orilla, ese otro saber a través de la pluralidad de enfoques, métodos y esquemas interpretativos. Es decir, rescribir la historia con nuevas formas de interpretación, reformular el análisis histórico, y revisar los conceptos y métodos existentes.
El pensamiento de Marc Block y Lucien Febvre de la Escuela de los Anales, y posteriormente la intensa movilización social y política en favor de los derechos civiles, la justicia social, la autodeterminación de los pueblos y la independencia política y económica que se produjo en la década de 1960, posibilitó el cambio del discurso de la historiografía tradicional. Trabajos como los de Edward Thompson, Michel Foucault, Philippe Ariès y George Duby, además de aportes fundamentales como El segundo sexo de Simone de Beauvoir, influyeron de manera relevante. Así como el auge del feminismo, entendido como un movimiento social con diferentes corrientes teóricas y tendencias que explican las causas de la subordinación y las estrategias del cambio de las relaciones y condición de las mujeres, que tuvo expresión principalmente en Europa y Estados Unidos, en el contexto de una América Latina marcada por un clima de agitación social, dictaduras militares, y una fuerte presencia del pensamiento de izquierda y marxista.
Es en este proceso que la historia social cambia su orientación del espacio público hacia el espacio privado, y del estudio de la sociedad hacia una aproximación a los grupos marginales o carentes de poder, entre los que se encuentran las mujeres. El fin de una historia excluyente en términos de clases, etnias y género, dio lugar a una historia que coloca en el centro de sus intereses al género y el estudio de la complejidad de las relaciones entre los sexos en una sociedad determinada, en un momento determinado, como una construcción social que importa precisamente deconstruir, y no inscrita en el eterno determinismo biológico.
Se trata entonces de analizar y estudiar una nueva valoración de las experiencias femeninas mediante una nueva forma de abordar la historia, la revisión de modelos que han impregnado a todos los grupos sociales, y los factores diferenciales que afectan a las mujeres. Por consiguiente, es necesario recurrir a las más variadas fuentes para poder captar y reconstruir esa realidad heterogénea. Para Jacques Derrida, se trata de reemplazar la lógica tradicional practicada en las ciencias sociales por una nueva manera femenina de abordar el pensamiento crítico.
Pero ¿de qué historia estamos hablando actualmente?
A comienzos del siglo XXI las mujeres latinoamericanas enfrentamos una situación sumamente compleja, signada por elementos de cambio en contraposición con la continuidad de viejas herencias. La misma sociedad latinoamericana se mueve saturada de contradicciones. La profusa migración rural que marcó en la década del sesenta a todos los países de la región, ahora trasciende las fronteras nacionales en lo que se ha denominado, “migración de la miseria”. Tradición y modernidad en un contexto de empobrecimiento económico y crisis política.
En todos los países de la región las mujeres pertenecientes a zonas rurales tienen niveles de educación muy bajos, deficiente acceso a la salud y menos expectativas de vida. Lo mismo sucede con las mujeres de sectores marginales urbanos. Si en 1950, la quinta parte de la población económicamente activa estaba compuesta por mujeres, en la década del 90 una de cada tres personas en la fuerza de trabajo es mujer. Pero se trata de un trabajo en su mayoría informal, mal remunerado, apenas suficiente para sobrevivir.
El modelo neoliberal con el que se pretendió encarar la crisis mediante una política de ajuste diseñada de acuerdo con las exigencias de la comunidad financiera internacional, se ha implantado en el marco de modos de producción desarticulados, sin reforma del Estado, desempleo, analfabetismo y pobreza. Agregándose el incremento del narcotráfico y la violencia social. No es casual que en los últimos años se hayan producido profundas crisis políticas en toda la región con puntos coincidentes, puesto que para el enfoque neoliberal la democracia es un concepto exclusivamente institucional y el reajuste económico no contempla la desigualdad en la distribución de la riqueza, y el alto costo social en un escenario de marginalidad creciente, dependencia y atraso estructural.
La respuesta a estas crisis de gobernabilidad convertidas en crisis de legitimidad la constituyen los movimientos, agrupaciones y fuerzas políticas democráticas, cuya viabilidad depende de la resolución del problema de la representatividad política, los derechos ciudadanos, la igualdad social y la participación popular. Lo que está en juego hoy en América Latina es la democracia y la renovación de las sociedades civiles; proceso que está acompañado por luchas económicas y sociales de largo aliento. Sin embargo, aquí cabría preguntarse: ¿Es válida una democracia asentada en principios de inequidad entre los sexos?
Desde una perspectiva de género, la democracia política tiene que ver con la presencia de las mujeres en las estructuras formales y en la formulación de políticas públicas. Si los ciudadanos tienen derechos y obligaciones, entonces debieran ser considerados provistos de género, y por lo tanto significa algo más que igualdad formal. Se trata de derechos legales, política social, derechos humanos de las mujeres. La presencia activa de la ciudadanía como elemento de democratización debe significar para las mujeres la apertura de nuevos espacios en la esfera pública donde actuar. Una nueva forma de hacer política relacionada con los principios de autonomía, igualitarismo y democracia interna. Actualmente los intereses de las mujeres no están representados dentro del Estado en términos de justicia social y equidad; tampoco las responsabilidades en la esfera privada se comparten, aunque se haya redefinido el ámbito político, una forma de socialización entre las personas y un nuevo imaginario social.
Pero cuando planteo la necesidad de la participación política de las mujeres no me estoy refiriendo sólo a su presencia en el poder estatal o legislativo. Tampoco apunto a la adecuación de una legislación más acorde con los tiempos. En los últimos años se han producido cambios en varios países de América Latina para que los partidos y agrupaciones mantengan una proporcionalidad en sus órganos de dirección tanto de hombres como de mujeres.
Me refiero a una participación amplia, plural, que en el marco de sociedades signadas por la desigualdad estructural, la coexistencia de una modernidad incipiente con costumbres atávicas y tradicionales, significa asumir la participación de las mujeres y las relaciones de género con las características particulares que tienen actualmente; donde incluso el lenguaje – que juega un rol fundamental en la transformación de la identidad social de los individuos - adquiere connotaciones singulares al reflejar una cultura patriarcal y machista. No en vano Foucault destacó la relación entre poder y discurso; mientras que Bourdieu señaló la existencia de un capital lingüístico como forma de poder simbólico. Por todo ello, no es posible hablar de democracia, ni de ciudadanía, y menos de representación política sin mencionar los derechos de las mujeres, de una nueva conciencia democrática que respete la diversidad y la pluralidad. Todo lo cual apunta a una nueva forma de mirarse y compartir.
Entonces comprenderemos que la historia de la humanidad, tal como la hemos aprendido, imagina al hombre en ciudades, y sin embargo aquello que llamamos prehistoria abarca el trecho mayor de la vida de la humanidad. En ese largo periodo las más antiguas representaciones femeninas correspondientes a ciudades neolíticas sumerias del sexto y octavo milenio a.C., nos muestran a la Gran Madre venerada como el origen de la vida, de “acuerdo a la imagen que tenía el clan de la mujer que había sido su antecesora más antigua y primitiva, y que fue deificada como la Ancestra Divina”.
También en las culturas prehispánicas la vida tuvo signo femenino. En el Imperio del Tawantinsuyo las deidades masculinas guardaron relación con los fenómenos naturales, mientras que las femeninas con la vida, los alimentos y los ritos religiosos. El Sol presidía y representaba al Imperio y lo masculino; la Luna simbolizaba lo femenino, y Wiracocha, la divinidad andrógina incorporaba las fuerzas opuestas de cada género.
Todos adoraban a la tierra a la que llamaban Pachamama, que quiere decir, Madre Tierra, y que representó el poder generador, la fertilidad, lo femenino; mientras el complemento masculino era Illapa, el rayo como dador de lluvia, asociado al poder. Sin embargo, el poder de la Pachamama tenía otras formas y deidades: Saramama, diosa del maíz; Axomama, diosa de la papa, y Cocamama, diosa de la coca. También el agua que representó la fertilidad porque fecundaba a la madre tierra, y el mar, Cochamama, Madre Mar, todas unidas como símbolos de los poderes femeninos de la creación y de las fuerzas generadoras de la tierra.
Así también en muchos pueblos y etnias de América del sur como los Muiscas en Colombia, Mapuches en Chile, Chibchas en la Amazonía peruana, Arahuacos en Paraguay, Aymarás en Bolivia, Calchaquíes en Argentina, y Octávalos en Ecuador, las mujeres simbolizaron el origen de la creación en los mitos guaraníes del Agua genuina y Nuestra Abuela. En tanto que las divinidades femeninas mayas aparecen en el período clásico, fundamentalmente en Palenque, como la Primera Madre que nació después del Primer Padre. Así mismo, se han encontrado en las costas de Campeche figuras femeninas con atributos sagrados como la serpiente bicéfala, símbolo del dios supremo, que representa la diosa madre bajo su aspecto femenino vinculada a la Luna.
La mitología azteca tiene como creador a un principio dual, masculino y femenino, Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl, nuestro señor y nuestra señora de la subsistencia, quienes a su vez son los padres y creadores de las demás divinidades. Concebían a sus dioses como energías sagradas que se manifestaban en los astros, en el poder de los animales y en las fuerzas de la naturaleza; y aunque las deidades podían transitar por los distintos espacios cósmicos, había dioses y diosas característicos para cada uno de los tres niveles del universo. Tlazoltéotl era la diosa de fecundidad y la fertilidad.
¿Qué pasó después?, Escuchemos este diálogo en la voz de Hernán Lara Zavala de su cuento Las cuatro heridas:
- ¿Hablas la lengua de los moctezumas?, te interrumpió bruscamente un soldado, dirigiéndose a ti en maya, cuando conversabas con una mujer que molía maíz.- Es la lengua de mis padres, contestaste, no la he olvidado.
El blanco que hablaba maya dio una orden y te condujeron ante el gran capitán. Un rato antes habías notado que uno de ellos, dispuesto para vigilarlas, te observaba detenidamente. Habías viajado junto con otras veinte mujeres en las naves luego de que Tabzcoob las obsequiara como esclavas, después de una batalla en que los blancos habían demostrado ser invencibles. El gran capitán las había repartido entre sus tropas, las había hecho bautizar y te habían cambiado el nombre: de Malintzin a Marina. Ahora sólo esperan los alimentos que preparan las mujeres de Chalchicueyacan para seguir su curso.
Es evidente que queda un largo camino por recorrer. Pero los trazos y también los hitos están marcados para seguir las huellas perdidas, recuperar las voces silenciadas, los rostros que apenas se vislumbran en la conciencia colectiva de las mujeres. Quizá esto nos devele aspectos insospechados del devenir de la sociedad, de nuestra historia, y de nosotros mismos, pues, como dice Octavio Paz, “para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba...”
LIX Legislatura.
Palacio Legislativo
México D.F., Jueves 8 de diciembre, 2005.
Sara Beatriz Guardia
Ante todo deseo expresar mi agradecimiento a la Diputada Diva Haramira Gastelúm, Presidenta de la Comisión de Equidad y Género de la Cámara de Diputados, por recibirnos en este histórico recinto. A la Dra. Lilia Granillo Vásquez que ha hecho posible la presentación del libro Escritura de la Historia de las Mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, publicado por el Centro de Estudios la Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL, en coedición con la Universidad de San Martín de Porres, de Lima, Perú; el Centro de Estudios Latino Americanos de la Universidad Fernando Pessoa, de Oporto, Portugal; y el Foro de Estudios Culturales de Latinoamérica de Viena.
Mi agradecimiento a la Dra. Blanca López de Mariscal del Departamento de Estudios Humanísticos, Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey, a quien tuve el agrado de recibir en Lima con ocasión de la celebración del Segundo Simposio Internacional La Mujer en la Historia de América Latina. Mi agradecimiento al Dr. Adrián de Garay, Rector de la Universidad Autónoma Metropolitana, Azcapotzalco. Mi agradecimiento al reconocido escritor, Hernán Lara Zavala, Coordinador de Difusión Cultural de la Universidad Autónoma Metropolitana, por brindarnos su apoyo.
Escritura de la Historia de las Mujeres en América Latina. El retorno de las diosas, es producto de un trabajo colectivo que iniciamos en enero del 2001 a través de una convocatoria impulsada por el Centro de Estudios la Mujer en la Historia de América Latina, CEMHAL, con la finalidad de conformar una Red de Investigaciones a fin de ampliar la participación en la investigación y estudios de los temas debatidos en dos simposios realizados en 1997 y el 2000; esto es: la mujer en las sociedades prehispánicas; la mujer en la visión de los cronistas; la conquista; familia, religión y educación durante la colonia; cambios en el imaginario femenino en el siglo XIX; escenarios del feminismo; política, ciudadanía y derechos de las mujeres; escritura femenina siglos XIX-XX; y la mujer en el discurso histórico y social del siglo XX.
El desarrollo de un campo de estudio de la historia de las mujeres en América Latina contribuye a que las mujeres conquisten su derecho a una historia de la que han dejado de ser sólo víctimas para convertirse en protagonistas. Porque es en el ejercicio de comprender, asumir y escribir la historia que las mujeres construimos nuestra propia identidad, y coadyuvamos a la construcción de nuestros países y de nuestra cultura. Pero este ferviente afán no significa solo asomarse al pasado desde los libros y desde la investigación académica, también significa buscar en los manuscritos olvidados, en los símbolos y en los sueños, ese vago rumor sagrado de la vida.
La historia es el registro y la interpretación de los distintos procesos y experiencias que ha vivido la humanidad a través de los siglos. Pero la historia es también la visión, pensamientos y manifestaciones de los hombres que la han escrito con una tendencia prevaleciente de restarle importancia a la esfera privada y al ámbito doméstico. Todo lo cual descalifica como sujeto histórico a las mujeres que han actuado principalmente en ese espacio. Además, no solo borraron a la mujer y al ámbito doméstico, también ignoraron su presencia en la esfera social, cultural, económica y política. Por lo que podríamos deducir que las mujeres han estado ausentes de todos los procesos históricos de nuestros países. Entonces, cabría preguntarse ¿de qué manera existimos, o cómo nos ha permitido existir la historia tradicional?
Al analizar los distintos procesos que ha seguido la evolución de la sociedad, resulta claro que las mujeres siempre han sido descritas o relatadas en formar parcial. Su registro generalmente proviene de un intermediario, y si éste ha sido directo ha dependido en gran medida de su acceso a la escritura. No olvidemos que recién a finales del siglo XIX se le permitió incorporarse al sistema educativo, y que generalmente los índices de analfabetismo son mucho mayores en la población femenina. Por ello, son necesarias sus voces en la construcción de una historia que borre el supuesto que las actividades que cumplieron las mujeres, han sido marginales y no tuvieron importancia histórica. Una historia con nuevos modelos teóricos y metodologías que coadyuven a la elaboración de una historia integral.
El punto de partida de la visibilidad de las mujeres se inició en el siglo XIX a través de un proceso de separación y relación entre el espacio público y privado, puesto que una historia que enfoca solo la esfera pública como el espacio de las relaciones de poder político y económico, significa una mirada de los hombres hacia los hombres, una forma de conocimiento a partir de la percepción masculina. Lo que plantea la necesidad de conocer ese otro lado de la historia, ese conocimiento surgido desde la otra orilla, ese otro saber a través de la pluralidad de enfoques, métodos y esquemas interpretativos. Es decir, rescribir la historia con nuevas formas de interpretación, reformular el análisis histórico, y revisar los conceptos y métodos existentes.
El pensamiento de Marc Block y Lucien Febvre de la Escuela de los Anales, y posteriormente la intensa movilización social y política en favor de los derechos civiles, la justicia social, la autodeterminación de los pueblos y la independencia política y económica que se produjo en la década de 1960, posibilitó el cambio del discurso de la historiografía tradicional. Trabajos como los de Edward Thompson, Michel Foucault, Philippe Ariès y George Duby, además de aportes fundamentales como El segundo sexo de Simone de Beauvoir, influyeron de manera relevante. Así como el auge del feminismo, entendido como un movimiento social con diferentes corrientes teóricas y tendencias que explican las causas de la subordinación y las estrategias del cambio de las relaciones y condición de las mujeres, que tuvo expresión principalmente en Europa y Estados Unidos, en el contexto de una América Latina marcada por un clima de agitación social, dictaduras militares, y una fuerte presencia del pensamiento de izquierda y marxista.
Es en este proceso que la historia social cambia su orientación del espacio público hacia el espacio privado, y del estudio de la sociedad hacia una aproximación a los grupos marginales o carentes de poder, entre los que se encuentran las mujeres. El fin de una historia excluyente en términos de clases, etnias y género, dio lugar a una historia que coloca en el centro de sus intereses al género y el estudio de la complejidad de las relaciones entre los sexos en una sociedad determinada, en un momento determinado, como una construcción social que importa precisamente deconstruir, y no inscrita en el eterno determinismo biológico.
Se trata entonces de analizar y estudiar una nueva valoración de las experiencias femeninas mediante una nueva forma de abordar la historia, la revisión de modelos que han impregnado a todos los grupos sociales, y los factores diferenciales que afectan a las mujeres. Por consiguiente, es necesario recurrir a las más variadas fuentes para poder captar y reconstruir esa realidad heterogénea. Para Jacques Derrida, se trata de reemplazar la lógica tradicional practicada en las ciencias sociales por una nueva manera femenina de abordar el pensamiento crítico.
Pero ¿de qué historia estamos hablando actualmente?
A comienzos del siglo XXI las mujeres latinoamericanas enfrentamos una situación sumamente compleja, signada por elementos de cambio en contraposición con la continuidad de viejas herencias. La misma sociedad latinoamericana se mueve saturada de contradicciones. La profusa migración rural que marcó en la década del sesenta a todos los países de la región, ahora trasciende las fronteras nacionales en lo que se ha denominado, “migración de la miseria”. Tradición y modernidad en un contexto de empobrecimiento económico y crisis política.
En todos los países de la región las mujeres pertenecientes a zonas rurales tienen niveles de educación muy bajos, deficiente acceso a la salud y menos expectativas de vida. Lo mismo sucede con las mujeres de sectores marginales urbanos. Si en 1950, la quinta parte de la población económicamente activa estaba compuesta por mujeres, en la década del 90 una de cada tres personas en la fuerza de trabajo es mujer. Pero se trata de un trabajo en su mayoría informal, mal remunerado, apenas suficiente para sobrevivir.
El modelo neoliberal con el que se pretendió encarar la crisis mediante una política de ajuste diseñada de acuerdo con las exigencias de la comunidad financiera internacional, se ha implantado en el marco de modos de producción desarticulados, sin reforma del Estado, desempleo, analfabetismo y pobreza. Agregándose el incremento del narcotráfico y la violencia social. No es casual que en los últimos años se hayan producido profundas crisis políticas en toda la región con puntos coincidentes, puesto que para el enfoque neoliberal la democracia es un concepto exclusivamente institucional y el reajuste económico no contempla la desigualdad en la distribución de la riqueza, y el alto costo social en un escenario de marginalidad creciente, dependencia y atraso estructural.
La respuesta a estas crisis de gobernabilidad convertidas en crisis de legitimidad la constituyen los movimientos, agrupaciones y fuerzas políticas democráticas, cuya viabilidad depende de la resolución del problema de la representatividad política, los derechos ciudadanos, la igualdad social y la participación popular. Lo que está en juego hoy en América Latina es la democracia y la renovación de las sociedades civiles; proceso que está acompañado por luchas económicas y sociales de largo aliento. Sin embargo, aquí cabría preguntarse: ¿Es válida una democracia asentada en principios de inequidad entre los sexos?
Desde una perspectiva de género, la democracia política tiene que ver con la presencia de las mujeres en las estructuras formales y en la formulación de políticas públicas. Si los ciudadanos tienen derechos y obligaciones, entonces debieran ser considerados provistos de género, y por lo tanto significa algo más que igualdad formal. Se trata de derechos legales, política social, derechos humanos de las mujeres. La presencia activa de la ciudadanía como elemento de democratización debe significar para las mujeres la apertura de nuevos espacios en la esfera pública donde actuar. Una nueva forma de hacer política relacionada con los principios de autonomía, igualitarismo y democracia interna. Actualmente los intereses de las mujeres no están representados dentro del Estado en términos de justicia social y equidad; tampoco las responsabilidades en la esfera privada se comparten, aunque se haya redefinido el ámbito político, una forma de socialización entre las personas y un nuevo imaginario social.
Pero cuando planteo la necesidad de la participación política de las mujeres no me estoy refiriendo sólo a su presencia en el poder estatal o legislativo. Tampoco apunto a la adecuación de una legislación más acorde con los tiempos. En los últimos años se han producido cambios en varios países de América Latina para que los partidos y agrupaciones mantengan una proporcionalidad en sus órganos de dirección tanto de hombres como de mujeres.
Me refiero a una participación amplia, plural, que en el marco de sociedades signadas por la desigualdad estructural, la coexistencia de una modernidad incipiente con costumbres atávicas y tradicionales, significa asumir la participación de las mujeres y las relaciones de género con las características particulares que tienen actualmente; donde incluso el lenguaje – que juega un rol fundamental en la transformación de la identidad social de los individuos - adquiere connotaciones singulares al reflejar una cultura patriarcal y machista. No en vano Foucault destacó la relación entre poder y discurso; mientras que Bourdieu señaló la existencia de un capital lingüístico como forma de poder simbólico. Por todo ello, no es posible hablar de democracia, ni de ciudadanía, y menos de representación política sin mencionar los derechos de las mujeres, de una nueva conciencia democrática que respete la diversidad y la pluralidad. Todo lo cual apunta a una nueva forma de mirarse y compartir.
Entonces comprenderemos que la historia de la humanidad, tal como la hemos aprendido, imagina al hombre en ciudades, y sin embargo aquello que llamamos prehistoria abarca el trecho mayor de la vida de la humanidad. En ese largo periodo las más antiguas representaciones femeninas correspondientes a ciudades neolíticas sumerias del sexto y octavo milenio a.C., nos muestran a la Gran Madre venerada como el origen de la vida, de “acuerdo a la imagen que tenía el clan de la mujer que había sido su antecesora más antigua y primitiva, y que fue deificada como la Ancestra Divina”.
También en las culturas prehispánicas la vida tuvo signo femenino. En el Imperio del Tawantinsuyo las deidades masculinas guardaron relación con los fenómenos naturales, mientras que las femeninas con la vida, los alimentos y los ritos religiosos. El Sol presidía y representaba al Imperio y lo masculino; la Luna simbolizaba lo femenino, y Wiracocha, la divinidad andrógina incorporaba las fuerzas opuestas de cada género.
Todos adoraban a la tierra a la que llamaban Pachamama, que quiere decir, Madre Tierra, y que representó el poder generador, la fertilidad, lo femenino; mientras el complemento masculino era Illapa, el rayo como dador de lluvia, asociado al poder. Sin embargo, el poder de la Pachamama tenía otras formas y deidades: Saramama, diosa del maíz; Axomama, diosa de la papa, y Cocamama, diosa de la coca. También el agua que representó la fertilidad porque fecundaba a la madre tierra, y el mar, Cochamama, Madre Mar, todas unidas como símbolos de los poderes femeninos de la creación y de las fuerzas generadoras de la tierra.
Así también en muchos pueblos y etnias de América del sur como los Muiscas en Colombia, Mapuches en Chile, Chibchas en la Amazonía peruana, Arahuacos en Paraguay, Aymarás en Bolivia, Calchaquíes en Argentina, y Octávalos en Ecuador, las mujeres simbolizaron el origen de la creación en los mitos guaraníes del Agua genuina y Nuestra Abuela. En tanto que las divinidades femeninas mayas aparecen en el período clásico, fundamentalmente en Palenque, como la Primera Madre que nació después del Primer Padre. Así mismo, se han encontrado en las costas de Campeche figuras femeninas con atributos sagrados como la serpiente bicéfala, símbolo del dios supremo, que representa la diosa madre bajo su aspecto femenino vinculada a la Luna.
La mitología azteca tiene como creador a un principio dual, masculino y femenino, Tonacatecuhtli y Tonacacíhuatl, nuestro señor y nuestra señora de la subsistencia, quienes a su vez son los padres y creadores de las demás divinidades. Concebían a sus dioses como energías sagradas que se manifestaban en los astros, en el poder de los animales y en las fuerzas de la naturaleza; y aunque las deidades podían transitar por los distintos espacios cósmicos, había dioses y diosas característicos para cada uno de los tres niveles del universo. Tlazoltéotl era la diosa de fecundidad y la fertilidad.
¿Qué pasó después?, Escuchemos este diálogo en la voz de Hernán Lara Zavala de su cuento Las cuatro heridas:
- ¿Hablas la lengua de los moctezumas?, te interrumpió bruscamente un soldado, dirigiéndose a ti en maya, cuando conversabas con una mujer que molía maíz.- Es la lengua de mis padres, contestaste, no la he olvidado.
El blanco que hablaba maya dio una orden y te condujeron ante el gran capitán. Un rato antes habías notado que uno de ellos, dispuesto para vigilarlas, te observaba detenidamente. Habías viajado junto con otras veinte mujeres en las naves luego de que Tabzcoob las obsequiara como esclavas, después de una batalla en que los blancos habían demostrado ser invencibles. El gran capitán las había repartido entre sus tropas, las había hecho bautizar y te habían cambiado el nombre: de Malintzin a Marina. Ahora sólo esperan los alimentos que preparan las mujeres de Chalchicueyacan para seguir su curso.
Es evidente que queda un largo camino por recorrer. Pero los trazos y también los hitos están marcados para seguir las huellas perdidas, recuperar las voces silenciadas, los rostros que apenas se vislumbran en la conciencia colectiva de las mujeres. Quizá esto nos devele aspectos insospechados del devenir de la sociedad, de nuestra historia, y de nosotros mismos, pues, como dice Octavio Paz, “para decir los pronombres hermosos y reconocernos y ser fieles a nuestros nombres hay que soñar hacia atrás, hacia la fuente, hay que remar siglos arriba...”
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